Kite con niños, por Juanjo Escudero.

 Desde que nació mi hijo me vio con cometas por la playa: en Asturias, donde vivimos;  en Galicia, donde pasamos algún fin de semana o puente, en Tarifa, donde solemos pasar las vacaciones de verano, y en todos aquellos lugares en los que sopla un poco de viento.
Desde bien pequeñito comenzó a jugar con cometas. Primero eran monohilo y después foils de dos líneas. No nos perdíamos ningún Festival de Cometas en La Espasa, por ejemplo.
Cuando tenía cinco años y medio los Reyes Magos le trajeron una cometa de kite de 2,5 m.  ¡Estaba encantado! Ya tenía su kite y su objetivo era navegar.

Pero como Sus Majestades dejan los regalos en pleno invierno, hubo que esperar a la primavera para poder estrenarla.
Al principio, como el niño era muy pequeño, la cometa se anclaba a mi arnés y, conmigo tirado en el suelo,  él la iba moviendo.  Primero acompañaba sus movimientos, y más adelante ya le iba dejando moverla él solo poco a poco.

En este tiempo aprendió algo muy importante: cuando metía la cometa en potencia y notaba que le tiraba con fuerza debía soltar la barra. Así, desde un primer momento, se creó el buen hábito de saber cuándo hay que soltar la barra, para su seguridad.
Pasados dos años de practicar y practicar con la cometa en la arena, en el verano en el que cumplía 8 años, y viendo que tenía un buen control de cometa, decidimos comprarle un arnés. Así  podría ir aprendiendo a ser autónomo con su cometa.
Estábamos de vacaciones en Tarifa y buscamos por todas las tiendas un arnés para él, pero no lo encontramos tan pequeño. Afortunadamente nuestro amigo Daniele nos asesoró: la solución era hacerle uno por encargo en OZU (que aún tiene), que resultó mucho más económico que uno de marca, siendo muy resistente y 100% eficaz. A la vez, aprovechamos y mandamos cortar las líneas de 25 m a 10+15m. Y, por supuesto, nos hicimos con un casco.
Al principio, aunque la cometa se unía al arnés del niño, yo le mantenía unido a mí también,  primero por el asa del arnés y posteriormente a través de mi propio leash.
¡Fue sorprendente lo rápido que aprendió! En unos pocos días ya era capaz de llevar la cometa a una mano, relanzarla incluso cuando el kite estaba invertido y… saltar.
 A partir de aquí el siguiente paso estaba claro. Era el momento de ir al agua. Pero se nos acababa el verano y había que volver al norte donde las condiciones óptimas para un niño escasean. Así que continuamos yendo a la playa y, cuando las condiciones eran propicias, empecé a entrar al agua llevándole de pasajero. Pero, obviamente, el niño quería y necesitaba más.
He de reconocer que me dio bastante respeto, incluso miedo, ponerme yo solo a enseñarle, así que preferí dejarle en manos de profesionales. Para ello nos dirigimos, como siempre, a KTS donde nuestro amigo Daniele se ofreció para ser el primer profe oficial de kite del niño. Cuando en el verano volvimos a Tarifa de vacaciones, su regalo de cumpleaños (9 años) fue un curso de kite.
El tema de control de cometa en tierra fue un momento, pues esos deberes los llevaba muy bien hechos. Su instructor rápidamente observo la facilidad con la que controlaba el kite a una mano, incluso sin mirar permanente la cometa, por lo que ese mismo día… ¡¡ al agua ¡!
Los avances no se hicieron esperar mucho. El body-drag fue un mero trámite, pero empezó a aparecer un problemilla. Con la tabla iba muy bien, a la primera se ponía de pie y a los pocos intentos ya incluso se desplazaba. Pero era finales de julio en Tarifa y la masificación de cometas le intimidó (normal, cuando no hacen más que meter sartenazos cometas grandes a tu lado y tienes 9 años).

Decidimos tomárnoslo con más calma y no presionar. Cada vez que la playa se llenaba de agua y encontrábamos algún charquito aprovechábamos a practicar, ya que el niño por su poco peso no necesita tanta profundidad de agua para navegar como un adulto. Eso hacía que hubiera espacios amplios donde él podía practicar sin que los mayores pudieran estar cerca, evitando la masificación.

No he de olvidar que llegado a este momento surgieron dos cuestiones respecto al tema del material. La cometa de 2,5 m era claramente pequeña para navegar, pero nuestro amigo Hugo le regaló una DNA de 6m que le permitió continuar con su progresión. La tabla fue más fácil aún, ya que mantenía como recuerdo mi vieja tabla de 2008: una Balance de 133×39. Quizás algo grande para empezar un niño pero…
En estos momentos hablar con el niño de cometa grande era imposible, pues le daba miedo el empuje de un kite de 6 m, pero poco a poco fue habituándose al comprobar por sí mismo que con la cometa pequeña no obtenía la tracción necesaria para navegar. También eso hizo que él fuera tomando más cuidado a la hora de hacer maniobras ganando en prudencia y por supuesto: SIEMPRE CON CASCO.
Por desgracia, en Asturias las condiciones de viento no son muy buenas para este deporte, pero intentábamos no perder ocasión de acercarnos a la playa y practicar aunque sólo fuera en la arena. Esta es una costumbre que recomiendo encarecidamente a todas aquellas personas que están aprendiendo este deporte. El  control de la cometa es fundamental.
Poco a poco, y a pesar del frío del Mar Cantábrico, en unas pocas sesiones el niño fue encontrándose cómodo con la cometa “grande” y pillando el waterstart comenzando sus primeros largos.
El verano de 2016 fue duro en Tarifa. Muchos días de levantera muy fuerte apenas permitió practicar, pero siempre que las condiciones lo permitían se intentaba.
Los largos cada vez salen más largos, la posición sobre la tabla se va mejorando y aparece la ceñida como algo natural.
Y a la vuelta de vacaciones seguimos practicando en la playa. Cuando se puede entrar al agua practica con cometa grande y cuando no juega con la cometa pequeña de 2,5 y sigue mejorando el control y la confianza. Tal es así que en alguna ocasión probó, por propia petición del niño, la Kahoona de 7,5 m de su madre y su DNA de 6m con líneas de 25m cuando el viento era demasiado flojo.
Y llega el verano de 2017. Como no, nuestras vacaciones son en Tarifa. Y este año nos toca poniente del bueno. Cuando sopla poniente la Playa de los Lances suele inundarse con la marea alta, siempre que el coeficiente de marea sea suficiente. En los días que nosotros estuvimos allí, la marea dejó una gran zona de charca donde cubría un palmo: una profundidad suficiente que permite que el niño practique de manera incansable sin peligro. Tal es así que, al segundo día y una vez montada la cometa, él solo era capaz de ir con su kite en vuelo y su tabla bajo el brazo hasta la zona que comentaba anteriormente y navegar de manera autónoma.
Los largos ya son tan largos como él quiere; la transición sale ya de manera fluida; los rumbos van saliendo y no tiene problema para ceñir o dejarse caer al largo si observa algún obstáculo.
  Todo va saliendo de manera natural y así surge……….El salto.
Pero ya no vale la charquita. Como es lógico, quiere más y ya pide ir al mar, sabiendo que el agua ya no está plana y hay olas.
Y sigue mejorando.
Seguimos practicando siempre que podemos. La última vez  ha sido el pasado fin de semana.  A pesar de un viento un poco escaso y tras dejarle navegar durante un buen rato mientras le observaba como siempre desde la orilla, me he animado a montar mi equipo y he podido navegar con mi hijo,  juntos, en nuestro spot al lado de casa.
Gracias Juanjo por compartir tu historia con nosotros.
¡Buen viento!

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